Artículo de nuestro prior don Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza, publicado en Diario de Navarra en el día de San Francisco Javier de 2021.
Hay muchos navarros prestigiosos, pero sólo uno de talla
universal. Si uno viaja a Bielorrusia, puede encontrar una catedral dedicada a
San Francisco Javier en Grodno; pero la misma sorpresa se puede llevar con las
catedrales de Adelaida (Australia), Lucerna (Suiza), Bangalore (India),
Chicoutimi (Canada), Nassau (Bahamas) o Kabankalán (Filipinas). Si se recorre
España es fácil encontrar calles dedicadas al santo navarro en Salamanca,
Barcelona, Jaén, Santa Cruz de Tenerife, Lérida, Vitoria, Granada o Elche, y
una gran avenida en Sevilla. Pamplona le dedicó una pequeña calle en 1886, pero
Montreal (Canada) se le adelantó más de dos siglos. Y se puede pasear por
calles que llevan su nombre en Bombay (India), Denver (USA) o Pfullendorf
(Alemania), Las iglesias, los retablos o los cuadros son incontables por el
mundo entero; incluso hay estatuas suyas en la vía pública, como la colocada en
la columna de la Trinidad en la ciudadela de Budapest, conmemorativa de su
reconquista cristiana en 1686, o en el monumento de los Descubrimientos de
Lisboa. Y también está presente en el antiguo Saigón o en modestísimas iglesias
como la de Yaokofikro (Costa de Marfil). Y en prestigiosas universidades
americanas en Ohio, Nueva Orleans o Chicago, pero también en otras de Canada
(Antigonish) o la India (Calcuta, Bombay o Bhubaneswar).
A la luz de estos ejemplos y de otros más que se podrían
aportar, conviene preguntarse qué hizo un caballero navarro para convertirse en
un referente universal de la Iglesia Católica. Fue un misionero que agitó con
su predicación las tierras de Asia y casi coetáneamente sus cartas hicieron
vibrar a Europa, hasta provocar una riada de misioneros durante cinco siglos.
Prolongó su influencia en el tiempo y en quienes le invocan con plegarias y
devociones o llevan su nombre, no sólo navarros, sino españoles y europeos de
todo tipo, como el compositor del villancico Noche de paz en 1817 (el austriaco
Franz Xaver Gruber) o un presidente de la Comisión Europea (el francés François
Xavier Ortolí entre 1973 y 1977).
Universitario ante una encrucijada
Último hijo de Juan de Jaso y María de Azpilcueta, Francisco
nació en Javier el 7 de abril de 1506. Salido de Navarra en 1525, era un noble
que buscaba en la universidad de París títulos universitarios con los que poder
lucrar cargos en la Iglesia o, como su padre, en la Administración para tener
poder y riqueza, que contribuyeran a reforzar su linaje. Consiguió el título de
“Maestro en Artes” (un “master” actual) e inició el doctorado en teología.
Hasta que se le cruzó un compañero de dormitorio, Íñigo de Loyola, que le
convenció para sumarse a un proyecto religioso que pretendía reformar y fortalecer
a la Iglesia Católica, sacudida por la reforma protestante, y a la vez impulsar
su expansión fuera de Europa, en un mundo ampliado desde el Extremo Oriente a
América, que había sido rodeado por la expedición española que culminó el
guipuzcoano Sebastián Elcano poco antes, en 1522.
Con una fuerza y una rotundidad que hoy siguen
estremeciendo, Francisco renunció a todo: a su familia, a su prestigio
nobiliario, a un puesto en el cabildo de la catedral de Pamplona, a posibles
cargos futuros, a cualquier atisbo de riqueza y poder, a todo. Y lo hizo para
dedicar su vida, por entero, a Dios y a la Iglesia Católica.
El proyecto de la Compañía de Jesús
Interpelado por la frase evangélica (“De qué le vale al
hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma” Mt 16, 26), decidió incorporarse
al proyecto religioso de Íñigo de Loyola, que empezó a cuajar en 1534, cuando
siete hombres hicieron votos solemnes en la capilla de Montmartre. Cuatro años
de idas y venidas por Italia (1536-1540) permitieron que el proyecto cuajara en
la Compañía de Jesús, vertebrada por los Ejercicios espirituales del futuro San
Ignacio, cuyo principio y fundamento era taxativo: “El hombre es criado para
alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar
su ánima”. Sólo había que desear lo que conducía a ese fin y todo lo demás
debía examinarse desde la “indiferencia”. Además, el seguimiento de Cristo
debía hacerse desde la identificación total con la Iglesia: “Depuesto todo
juicio, debemos tener el ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la
verdadera esposa de Cristo nuestro señor, que es nuestra santa madre la Iglesia
jerárquica”.
En definitiva, Ignacio buscaba hombres plenamente entregados
a Cristo y a su Iglesia, capaces de acometer cualquier tarea, con total entrega
y plena obediencia, desprendiéndose de todo lo demás. A este esquema respondió
totalmente la vida de Javier, sin duda el discípulo más identificado con los
planteamientos de Ignacio. En 1540 Francisco actuaba como secretario de Ignacio
y entrambos trabajaban el texto básico que definió la Compañía de Jesús y quedó
plasmado en la Bula papal de fundación. En sus primeras líneas se proclamaba:
“Todo el que quiera militar para Dios bajo el estandarte de la cruz en esta
Compañía… fundada principalmente para emplearse en la defensa y propagación de
la fe y en el provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana…”. Una
circunstancia fortuita, como fue la enfermedad de un compañero, hizo que
Ignacio encomendara a Francisco el segundo de estos fines, la propagación de la
fe. Y Francisco lo aceptó con prontitud, con determinación, con rotundidad… y a
ello dedicó su vida, hasta la extenuación y la muerte.
El rey Juan III de Portugal, conocedor de las virtudes de
los nacientes jesuitas, quería a varios de ellos para dinamizar las misiones de
la India y el Oriente, donde Portugal estaba configurando desde hacía treinta
años un imperio comercial. Ignacio designó a Francisco Javier y Simón
Rodríguez, que en cuestión de días, sin apenas equipaje, salieron de Roma hacia
Portugal. Allí el jesuita navarro esperó casi un año hasta que partió la flota
anual hacia la India, el 7 de abril de 1541, cuando cumplía 35 años.
El breve de Paulo III que le nombraba nuncio papal fijaba su
tarea: “dirigirse cuanto antes a aquellas islas, provincias y lugares para
fortalecer en la Fe a aquel joven rebaño y atraer a los demás a conocerla y
abrazarla por medio de la predicación del Evangelio… y con el ejercicio de
buenas obras”. La misión estaba clara: fortalecer la fe de las jóvenes
comunidades cristianas y extender esa fe, haciéndolo con urgencia, cuanto
antes. Ese mandato papal presidió su labor infatigable, sin descanso, durante
diez años. Javier lo llevó a cabo según quería la bula fundacional de la
Compañía: “como soldado de Dios que milita bajo la fiel obediencia del papa
Paulo III”.
Solo por mar recorrió más de 75.000 kilómetros, casi dos
vueltas a la Tierra, en viajes largos, difíciles, arriesgados, en los que se
sobrepuso tanto a calmas chichas como a monzones y tempestades. Los
desplazamientos por tierra tampoco estuvieron exentos de penalidades,
especialmente en Japón.
Misionero de multitudes en la India
Los tres primeros años de su misión (1542-1545) los dedicó
exclusivamente a la India y lo hizo empezando por Goa, capital del dominio
portugués, para fortalecer su vida cristiana. Desplegó intensas campañas de
evangelización para reavivar la vivencia de una fe adormilada y de una práctica
sacramental abandonada. Pero el primer paso fue la caridad: la atención a los
enfermos de los hospitales, a los que consolaba material y espiritualmente, y
luego a leprosos y presos. Después venían las catequesis de niños, a las que
seguían las de adultos, portugueses o indígenas.
El siguiente campo de actividad fue la costa occidental de
la India. Siguieron los paravas del extremo meridional de la costa oriental,
nada más doblar el cabo Comorín. Campana en mano, pasó un año evangelizando a
estos pescadores de perlas. Hechos milagrosos asentaron su fama, mientras que
la defensa que hizo de ellos más tarde frente a sus opresores badagas
cimentaron su credibilidad, hasta hacer de ellos un pueblo cristiano. Hoy los
paravas siguen considerándolo su padre en la fe. También en la costa occidental
de Travancor los bautismos fueron multitudinarios: “Es tanta la multitud de los
que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra donde ando, que muchas veces
me ocurre tener cansados los brazos de bautizar…”.
Y, además de predicar y convertir, fue preciso organizar las
misiones de Pesquería y Travancor: liturgia, administración de sacramentos,
caridad y reparto de limosnas, pacificación de enemistades, visita a enfermos,
relaciones con las autoridades portuguesas… Con una recomendación a los que le
siguieron como misioneros: “Haceros amar… así haciendo buenas obras, como con
palabras de amor…”.
Indonesia: desde Malaca hasta las Molucas
Después de un sereno discernimiento San Francisco Javier
emprendió una segunda etapa (1545-1549) en la que su objetivo fue la zona más
alejada del imperio portugués, las Islas de las Especias, con cuyo comercio los
lusitanos obtenían amplias ganancias. Fueron idas y venidas, alternadas con
estancias en Goa. Su centro operativo se situó en Malaca, la ciudad que
controlaba las comunicaciones entre el Océano Índico y el archipiélago malayo.
Repitió el esquema de Goa: atención a hospitales, catequesis de niños y
conversos recientes, predicaciones públicas. La novedad fueron los esfuerzos
desplegados para pacificar enemistades tanto entre los soldados de la guarnición
como entre la población en general. Aunque consiguió numerosas conversiones, no
pudo encauzar la mala vida de bastantes portugueses.
En 1546 llegó a Amboino, de donde pasó a Cerán; en el viaje
un golpe de mar le arrebató el crucifijo, que un cangrejo le devolvió en la
playa. Llegó hasta el extremo de las Molucas, donde pasó un año entre Ternate y
la isla del Moro, alternando los frutos conseguidos en la primera con los
peligros sufridos en la segunda para atender a una treintena de comunidades
cristianas, rodeadas tanto por musulmanes como por paganos cazadores de cabezas
humanas.
Japón: una evangelización diferente
Durante una estancia en Malaca (1547) Javier conoció a
Anjiro, un samurai huido de Japón, que le abrió un escenario nuevo para sus
expectativas misionales. La decisión de llevar la fe a Japón era un paso más en
el cumplimiento del encargo papal de atraer a nuevos pueblos a la fe cristiana.
También era un ámbito diferente. Hasta entonces Javier se había desenvuelto en
el imperio portugués o en sus aledaños, sostenido por las autoridades
portuguesas. Aunque la expedición (1549-1551) contó con el apoyo portugués, el
Santo se movió en una realidad diferente, en la que carecía de la protección
del poder público.
Una segunda novedad fue el cambio en los planteamientos y
los modos misionales de Javier. Las predicaciones multitudinarias y las
catequesis dirigidas al aprendizaje memorístico se demostraron inútiles ante un
pueblo como el japonés. Eran “gente de mucha razón”, acostumbrados a preguntar
y debatir, para luego comprobar si existía coherencia entre la doctrina y las
formas de vida de quien la pregonaba. Anjiro le anunció que “si hiciese dos
cosas, hablar bien y satisfacer a sus preguntas, y vivir sin que me hallasen en
que reprenderme, se harían cristianos”. En esta tesitura resurgió el
intelectual y el universitario, dotado de abundante bagaje filosófico e incluso
formación técnica en cuestiones de astronomía y otros saberes. Gracias a todo
ello le consideraron “hombre docto” y dieran crédito a sus palabras.
Pero los frutos tardaron. Un año en Kagoshima se saldó con
apenas un centenar de conversiones. Javier y los jesuitas españoles que le
acompañaban decidieron viajar en invierno hasta Kyoto para obtener del
emperador un permiso de predicación que les abriera las puertas de la sociedad
japonesa. Pero el emperador no les recibió. A su vuelta, el éxito les sonrió en
Yamaguchi, donde el señor feudal les apoyó y consiguieron un millar de
conversiones. Fueron cinco meses de cosecha, en los que se cumplieron las
predicciones de Anjiro. Un estancia en Bungo, llamado por el señor feudal,
marcó el final de la evangelización de Japón.
Morir a las puertas de China
La dependencia cultural de Japón con respecto a China
convenció a Javier de la necesidad de expandir la fe cristiana en este país, de
tal forma que sirviera de estímulo para la conversión de los japoneses. Esta
reflexión y el siempre presente mandato del Papa de agregar nuevas gentes a la
Iglesia aconsejaron a Javier el intento de penetración en China (1552), que lo
acometió entre grandes dificultades. El capitán de Malaca le negó una
embarcación y China prohibía la entrada de extranjeros. Era preciso infiltrarse
en el país, evitar la muerte y obtener un permiso imperial para predicar.
Un junco pirata le llevó hasta Sancián, un islote situado
junto al puerto chino de Cantón. Allí, esperando la llegada de un mercader
chino que le introdujera en el país, enfermó y contrajo fiebres que minaron un
cuerpo exhausto por los trabajos de diez años. En la madrugada del 3 de
diciembre de 1552 Javier expiró.
Los milagros y el milagro misional
Fueron muchos los hechos extraordinarios o milagrosos, que
rompieron las leyes de la naturaleza y a través de los cuales Dios afianzó la
acción evangelizadora de Javier (curaciones, profecías, visiones de
acontecimientos que ocurrían lejos de su ubicación, etc.), como bien reconoció
la bula de canonización de 1622, de la que se cumplirán cuatro siglos en los
próximos meses.
Pero probablemente el mayor milagro de Javier fueron sus
cartas, que ya durante su vida se expandieron como un reguero de pólvora por
Europa, leídas por reyes, papas, universitarios, clérigos y gentes de todo
tipo. Desencadenaron un torrente de vocaciones misioneras que se ha mantenido
durante cinco siglos y que hicieron de San Francisco Javier, por sus hechos y
por su influencia, no sólo el Patrono de Navarra sino el Patrono de las
Misiones de la Iglesia Católica.
San Francisco Javier en el
Monumento a los Descubrimientos (Lisboa).
No hay comentarios:
Publicar un comentario